Una confabulación millonaria: cuando los colaboradores contribuyen a pérdidas

Por Abner Huertas

Durante más de seis meses de trabajo intenso se finalizó la implementación de un proyecto de mejora continua en una institución.  Al sumar la inversión entre equipo de tecnología, aplicaciones, servicios y otros tipos de gastos, esta iniciativa rondaba alrededor del  millón de dólares.

 

Los meses pasaron y muchos de los directivos originales en el proyecto ya no estaban. Unos tres años después, esta misma institución, buscaba realizar la misma implementación con otras tecnologías. Durante esos tres años se gestó un disgusto por las aplicaciones y por la metodología; todo se aducía a que nada de lo que ellos tenían les era de utilidad.

 

En el transcurso de esos tres años, poco a poco se fueron «apagando» varios módulos que en su momento fueron implementados y probados. Así, que del 100% de lo que tenían a su disposición, a penas  aprovechaban un 25%; las razones que se daban apuntaba  a una dificultad en el uso, al conocimiento fugitivo de los desertores de la empresa  y  la poca flexibilidad de cambiar la forma de hacer las cosas.

 

A los tres años lo mas fácil fue decir: «cambiemos todo por algo que se adapte mejor a nosotros». Y es con esta frase que inicia una confabulación millonaria.

 

El desaprovechamiento de la tecnología y de los aprendizajes en esos años trajo consigo un costo muy alto. Si hacemos una operación muy simple: tomamos ese millón de dólares y los llevamos a tres años al futuro a un crecimiento conservador del 8%, tendríamos que el monto actual de esa inversión es de 1.7 millones de dólares; que si llega a realizar un cambio total del proyecto que se implementó al inicio, ya representa una pérdida. 

 

Supongamos que el proyecto nuevo requiriere un monto de inversión a valor actual,  tendríamos que la institución ha invertido alrededor de 3.4 millones de dólares en este proyecto.  El pensamiento inconsciente podría ser: «No importa, la institución lo paga», algo fácil de pensar cuando no es nuestro dinero.

 

La realidad es que los mismos colaboradores confabulan —muchas veces sin intención— en apoyar a los flujos de salida de dinero en lugar de pensar cómo desarrollarse a sí mismos para hacer rentable la inversión inicial. 

 

En este tipo de proyectos la barrera más fuerte no es la tecnológica, ni la metodología, sino las ideológicas.

 

La forma de pensamiento de los colaboradores comprometidos a sacar provecho a las inversiones institucionales se centra en idear de forma creativa técnicas para aprovechar los recursos adquiridos; en idear formas diferentes de hacer las cosas; pero en especial en una disciplina innata por aprender a hacerlas.

 

La falta de compromiso en el aprendizaje —tanto funcional como técnico— conlleva que las instituciones deban invertir más dinero en actividades que bien podrían desarrollarse a lo interno sin la necesidad de realizar contrataciones externas que de por sí ya son costosas.

 

¿Qué podemos hacer? Nadie quiere perder dinero. Por eso los altos directivos pueden ejecutar acciones que mitiguen a los colaboradores que confabulan gastos millonarios  —o de miles— para la organización por medio de incentivos o metas de aprendizaje, entrenamientos, mantener la visión de la importancia del proyecto, entre otras.

 

El no prestar atención a los colaboradores que confabulan gastos  en contra de la organización, lo que lograrán es llevar a la empresa a gastos innecesarios, algunas veces de cientos, otras de miles y en algunos de millones… y si la empresa pierde también los colaboradores.

 

2019®

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